Ecuador – El Sumaw Kawsay revolucionario (skr): base conceptual de una nueva civilizacion

5 junio, 2013

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Atahualpa

Por Jorge Oviedo Rueda

LA HISTORIA COMO REFERENTE

En 1532 Atahualpa fue tomado prisionero por Pizarro. En el norte, Hernán Cortez hacía lo mismo con Moctezuma.

La prisión de ambos Emperadores americanos  ponía fin a los dos más grandes imperios construidos por nuestra propia inteligencia. El imperio Inka y el de los aztecas fueron el resultado de una larga evolución social, en cuyo fondo distinguimos, todavía en las sombras, el misterio de otras civilizaciones portentosas como la del Chavin de Huántar en el sur y la de los Mayas en el norte.

Detrás de los vestigios materiales,  que son de por sí impactantes, está algo todavía más sorprendente: su organización productiva. Este aspecto vital suele relegarse a un segundo plano cuando se trata de comprender esas sociedades. Yo creo que debe ser al revés. La grandeza de un pueblo consiste en la forma que tiene de repartir su riqueza. Su obra material surge de su estructura productiva.

Hay la tendencia a creer que las sociedades pre colombinas estaban dedicadas a la construcción de obras monumentales, sin que el aspecto productivo haya sido su mayor preocupación. Nada puede ser más equivocado. La obra material que han legado a la humanidad fue posible porque habían resuelto exitosamente la producción de bienes. Pensar en este aspecto, es hacer un esfuerzo para entender nuestro pasado y poder proyectarnos al futuro. De poco sirve admirarnos de sus monumentos si no entendemos cómo estaban organizados para alimentar a los seres humanos que construyeron toda esa obra material que ahora nos llena de orgullo.

En términos generales las sociedades pre colombinas no habían salido de la comunidad primitiva. El rasgo común a todas fue la inexistencia de la propiedad privada de la tierra que era considerada un bien natural, como es el aire ahora para nosotros. Sobre esta base estructural se levantaban las sociedades americanas, sin excepción. Su estadío de desarrollo dependía del nivel organizativo del proto-estado que existía. Inkas y aztecas fueron la expresión máxima de la organización social en América, sin que esto quiera decir que otros niveles de organización, como las de las naciones pre-inkaicas en el sur y las tribus nómadas del norte, no se hayan erigido sobre la misma base de la propiedad común de la tierra.

Otro rasgo de las sociedades ancestrales de América fue el carácter colectivo del trabajo. La propiedad común de la tierra hacía natural la colectividad del trabajo. Si los frutos se obtenían en base a este rasgo, no podía haber disfrute individual de los mismos. Estas sociedades neolíticas, que habían inventado la agricultura para sobrevivir, estaban en capacidad de producir un excedente económico cuyo destino final era garantizar la sobrevivencia de toda la población. Lo hacían en base al trabajo que para ellos era un ritual de gratitud a la Pacha Mama.

 ¿Quién se encargaba de garantizar la repartición de los bienes? El Inka, en el caso del Tahuantinsuyo, o la autoridad en las sociedades de menos desarrollo. Eran sociedades jerárquicas, en las que había un estricto respeto a los niveles de mando. La visión sesgada de los historiadores de occidente supone que esto era posible en base a la coerción y el despotismo, pero mientras más profundizamos el estudio de estas sociedades,  más cerca estamos de creer que esto se lograba en base a la persuasión y al amor, que tenían como base el sentimiento religioso. La teocracia era una necesidad histórica dados los bajos niveles de desarrollo de sus fuerzas productivas.

Estas sociedades admirables sabían producir y distribuir sus excedentes, lo hicieron sin conocer la rueda, los animales de tiro ni la esclavitud individual. Resolvieron problemas técnicos para producir más, aprovecharon cada espacio de tierra, usaron el agua, sacaron provecho de los fenómenos astronómicos, idearon, inventaron, practicaron mil y una formas sorprendentes para vivir a gusto y en armonía con la naturaleza, en el marco de lo que para ellos era el Sumaw Kawsay. Si lo hicieron por el amor o la fuerza, es un asunto que se debe seguir investigando. Lo que sabemos es que resolvieron con éxito la producción y distribución de bienes y que para ellos el pasado estaba adelante, donde podían verlo para aprender de él,  y que el futuro era lo desconocido y que,  la única forma de construirlo de manera segura, era hablando con sus ancestros.

¿QUÉ ERA EL SUMAW KAWSAY?

 La barbarie europea se ve en el testimonio brutal de la destrucción material que produjo. Que hayan destruido obras portentosas como el Templo del Sol en el Perú o la propia Tenochtitlán en México, que hayan saqueado el oro físico que encontraron a lo largo y ancho del continente y que hayan sembrado de muerte y dolor nuestras tierras, no resulta tan estremecedor como la destrucción inmisericorde que hicieron de las fuentes materiales de la sabiduría de nuestros pueblos. La imagen terrorífica de un Diego de Landa quemando los códices de la sabiduría maya y azteca es el símbolo brutal del colonialismo intelectual que se nos ha impuesto desde entonces. La destrucción del logos, de la raíz del conocimiento ancestral, tiene que ser considerado el acto inicial del sometimiento cultural de nuestros pueblos. Recuperar esa sabiduría, equivale a renacer de las cenizas para una nueva vida.

Si todo lo destruyeron los colonizadores europeos ¿cómo, entonces, podremos recuperar la sabiduría perdida? En primer lugar, adentrándonos en las pocas fuentes originales que se han salvado; segundo, estudiando los testimonios de los propios colonizadores que, atónitos ante la grandeza de los pueblos conquistados, se vieron obligados a dar fe de lo que veían y de lo que escuchaban; tercero, descifrando el mensaje que se desprende de los monumentos materiales que han llegado hasta nuestros días, y, por último, aprendiendo de los pueblos ancestrales sobrevivientes, portadores vivos de una forma de vida que, durante los últimos quinientos años, se ha negado a desaparecer. De estas fuentes tienen que salir los elementos que hagan posible la reconstrucción de los fundamentos de vida de nuestros ancestros, no como una exaltación del pasado, sino como un testimonio civilizatorio.

 El Sumaw Kawsay es el concepto que abarca y define a las civilizaciones ancestrales. La simplificación del mismo, o su identificación con el Buen Vivir occidental -como hace actualmente la Revolución Ciudadana-, equivale a remozar las razones del colonialismo y no a ver en él  la razón profunda de la liberación de nuestros pueblos, motivo por el cual resumiremos sus contenidos esenciales, que no son fruto de ninguna revelación, sino del esfuerzo puntual por descifrar su filosofía.

 El Sumaw Kawsay era una concepción integral de la vida. No aceptaba simplificaciones. Era la conciencia que el ser humano tenía frente a la necesidad de conservación de su especie  y del entorno en el que vivía; por eso no aceptaba distorsiones en cuanto a ese fin supremo. Configuraba el contenido y el continente que el ser tenía de su misión en la vida, haciendo trascendente su permanencia individual en medio de la colectividad a la que pertenecía y de la cual tenía conciencia; era filosofía y práctica de lo cotidiano pasajero y de lo inmanente, de lo que permanece a través del tiempo.

 El Sumaw Kawsay era la base civilizatoria de los pueblos ancestrales, abarcaba, por lo tanto, todos los aspectos de la vida, desde los más insignificantes hasta los más trascendentes. Era un sistema articulado de sistemas que constituía la trama de la vida. La educación de las generaciones se hacía para conservar ese sistema que era la garantía de la preservación del ser y de la naturaleza.

El fundamento gnoseológico del Sumaw Kawsay estaba basado en la noción del equilibrio, que se lograba con la participación de todos los elementos en la unidad del fenómeno; cada cierto tiempo había un Pachacutik, un proceso de cambio, que esencialmente consistía en un regreso  al equilibrio, pero en un nivel superior, en una espiral que no tenía fin. Mientras llegaba el Pachacutik todos los elementos participaban del equilibrio, no había lugar a la exclusión de nada ni de nadie, porque eso desataba un desequilibrio antinatural que traía sufrimiento y dolor. Para garantizar ese proceso veían al pasado al frente de la sociedad porque consideraban que era lo conocido y al futuro atrás, porque no sabían cómo era. Para construir el futuro tenían que conversar con sus ancianos sabios que eran los que a su vez podían conversar con sus Apus, seres que se habían adelantado en el arcano viaje de la muerte. La muerte no era un viaje sin retorno, los muertos volvían a averiguar qué habían hecho los vivos y los vivos podían pedirles consejos a los muertos.

 El aspecto social del Sumaw Kawsay copiaba de la naturaleza el principio de reciprocidad, según el cual nadie da nada sin recibir algo. La participación interactiva entre los individuos y las colectividades era el motor que permitía la evolución de ambos. Si una parte entrega sin recibir (la caridad, por ejemplo), alimenta el desequilibrio, porque acumula en un extremo e impide el crecimiento en otro. El intercambio recíproco impide la acumulación y permite la circulación equilibrada de los bienes, en un proceso permanente de superación de los que menos tienen. Este enfoque preserva la iniciativa individual, llenándole al ser de optimismo y entusiasmo para alcanzar sus metas, porque las sabe posibles, no un mero espejismo. La circulación de la riqueza creaba las oportunidades para los individuos y garantizaba el equilibrio de las colectividades.

El Sumaw Kawsay era mucho más que la relación armoniosa del ser con la naturaleza, no obstante ser éste el principio de todas las cosas. La interacción del ser con la naturaleza era un principio de doble vía, en el que los dos elementos participantes obtenían beneficios, siempre y cuando ninguno de los dos se considerara dominante. En épocas ancestrales este principio era natural, porque la ciencia y la tecnología no le daban ventaja al ser, pudiendo mantenerse el equilibrio. Que hoy no suceda así, no invalida el Sumaw Kawsay, sólo que obliga al ser a tener conciencia plena de esa relación. Ha llegado la hora de guardar el respeto y la consideración que la naturaleza merece en un acto consciente de reciprocidad. La cultura occidental, durante quinientos años se ha esmerado en romper el equilibrio. El Pachacutik está golpeando las puertas de nuestra época.  Así como la acción del hombre ha alterado la naturaleza durante este último medio milenio, en esa misma acción también el ser humano ha cambiado, pero esta vez para convertirse en un monstruo de egoísmo y codicia. El presente Pachacutik servirá para armonizar otra vez estos dos elementos fundamentales de la vida. La relación desigual entre capital y trabajo, durante los últimos doscientos años, ha precipitado ese proceso. Esa civilización está llegando a su fin.

¿QUÉ ES EL BUEN VIVIR?

Todo lo contrario del Sumaw Kawsay. Es una concepción que surge en las sociedades clasistas de occidente. Para Aristóteles era la vida placentera de una sociedad cuya base de producción era la esclavitud; para los patriarcas de la iglesia medieval era la armonía sin contradicciones entre el siervo obediente y el poderoso señor feudal; para el burgués capitalista,  desde el siglo XVIII hasta el presente, el Buen Vivir depende de la capacidad adquisitiva del ciudadano. El mundo occidental mide el Buen Vivir por la capacidad de compra que el ciudadano tiene, salvo que, como el Ministro de Cultura del actual régimen lo entiende, equivalga a la Buena Vecindad del Chavo del ocho, en la que coexisten la miseria de unos con el buen humor de todos. El Buen vivir se levanta sobre los dos pilares que sostienen la sociedad occidental: el lucro empresarial y el egoísmo individual, “valores” que se fueron cimentando en la sociedad occidental desde la época de la acumulación originaria del capital.

Buen Vivir capitalista equivale a capacidad ilimitada de consumo. Esta concepción ha llevado a la sociedad occidental a la contaminación de los mares, a la desertización de los bosques, al envenenamiento de las fuentes de agua, al calentamiento global, al deshielo de los glaciales, al endiosamiento del dinero, al consumo desenfrenado, al divorcio del hombre con la naturaleza y al abismo espantoso que existe entre los seres humanos. El Buen Vivir es la base civilizatoria de la sociedad actual y está enraizado en la conciencia del hombre occidental.

Los europeos impusieron, por la fuerza, esta concepción a los pueblos americanos desde 1492. Toda la brutalidad de la conquista se resume en la destrucción de la base productiva de las sociedades americanas, con lo cual destruyeron el Sumaw Kawsay. Se apropiaron de la tierra y, sobre su madre, convirtieron a su hijo, el indio, en siervo y esclavo. Quinientos años después no ha cesado el proceso colonizador que encuentra siempre nuevos líderes, cada vez más sofisticados, mejor camuflados para cumplir la misión de reproducir el sistema. Por eso no hay como identificar Buen Vivir con Sumaw Kawsay, porque son dos conceptos antagónicos que representan, cada uno de ellos, un modelo diferente de civilización.

¿ES POSIBLE UN NUEVO SUMAW KAWSAY?

 Claro, si es posible y, además, necesario. Es la única garantía de salvarnos como especie y de preservar lo que necesitamos para vivir. Ese sentimiento reposa en los estratos más íntimos de la conciencia colectiva de la humanidad formado en las largas épocas de la comunidad primitiva, estadio común a todos los pueblos del planeta. Cuando el ser humano no tenía seguridad del mañana porque no estaba en capacidad de producir un excedente económico, se formó ese sentimiento de interdependencia con la naturaleza. Aunque hoy reposa en las capas más lejanas de nuestro subconsciente, no ha desaparecido. La humanidad se apresta a vivir un proceso de reminiscencia, de recuperación de la memoria ancestral como garantía de su permanencia. Tiene que recordar que es agua, que es tierra, que es viento y que es fuego. El agua, la tierra, el viento y el fuego como elementos hermanos que entretejen la trama de la vida.

El crimen inaudito de la destrucción del logos americano, significó la imposición forzada del logos occidental. En lo esencial eso implicó la sustitución del colectivo social por el yo individual. La revolución científica cartesiana reafirmó este proceso que se convertirá en verdad oficial durante el siglo XVIII y que perdurará hasta nuestros días. Quinientos años de acción, de práctica individualista, han dado como resultado la civilización que ahora tenemos.

Nuestra civilización es como un enorme y bello edificio cuyos cimientos se encuentran debilitados. La humanidad vive en sus habitaciones y está amenazada con perecer bajo sus ruinas. Todo en él carece de lógica, salvo el afán de lucro de quienes lo sostienen, es decir, los dueños del capital. A estas alturas la crítica al capital no es patrimonio de Marx, de su doctrina o de los marxistas, es el derecho que el ser humano tiene a defender la vida de su especie y la fuente de sus recursos que es la naturaleza. Esta necesidad histórica pone al capital frente a la humanidad.

 Crear las bases de una nueva civilización no es tarea de una de las ideologías que han prevalecido de forma alternativa en la sociedad humana desde el siglo XVIII hasta nuestros días. No es obra del liberalismo, tampoco del marxismo, ni del keynesianismo, ni del neoliberalismo. Está claro que cada una de ellas tiene una parte de la verdad. Nadie puede eliminar de la Historia al individuo como factor de producción, pero tampoco nadie puede desconocer el papel del colectivo en la vida de las sociedades; ninguna doctrina niega que el Estado juega un papel en la vida de las sociedades, así como todas están de acuerdo en la producción de valores de uso como requisito para la satisfacción de las necesidades humanas. Quienes niegan esta realidad son los dueños del capital en todas sus formas, desde el capital productivo hasta el especulativo. Es el capital el que está enfrentado a la humanidad. Urge tomar conciencia de esta realidad y dejar a un lado la indiferencia.

 El nuevo espacio ideológico que nos brinda la oportunidad de superar este estado de cosas es el Sumaw Kawsay Revolucionario (SKR). No se trata de reproducir el Sumaw Kawsay ancestral y traspolarlo de la antigüedad a nuestra época. Se trata de rescatar su esencia civilizatoria y aplicarlo creativamente a nuestra realidad. Esta labor teórica es quizás el más grande desafío y la más apasionante aventura del pensamiento moderno. De ella depende que seamos capaces de afrontar con éxito la lucha por el futuro.

 Eso no es obra de chamanes escogidos que andan por el mundo diciendo que, bajo una experiencia mística, han asimilado la sabiduría de sus ancestros; tampoco de políticos avivatos que, defendiendo el sistema responsable de la catástrofe mundial, aplican a sus realidades el concepto del Buen Vivir camuflado en el del Sumaw Kawsay; mucho menos de stalinistas trasnochados que ven en el Sumaw Kawsay una oportunidad para aplicar sus teorías en la sociedad; ni de los liberales, ni de los keynesianos, ni neoliberales. Se trata de construir la doctrina moderna del Sumaw Kawsay  Revolucionario reconstruyendo lo esencial de la filosofía ancestral e integrándola con aquello que en occidente ha sido positivo y útil para el desarrollo civilizatorio. Es hora de un sincretismo creador que integrará el respeto a la naturaleza, propio de las sociedades ancestrales, y una nueva ciencia que, aprovechando lo andado por la ciencia en occidente, cree otra, limpia y amigable con el ser y con la naturaleza.

NUEVE PREMISAS PARA LA CONSTRUCCION DEL SUMAW KAWSAY REVOLUCIONARIO, (SKR).

  1. Respeto a la naturaleza. Significa estar en contra de las bases civilizatorias del Buen Vivir: el industrialismo, el extractivismo, el desarrollismo,  la quema de combustibles fósiles y todas sus consecuencias. Al rescatar esta premisa de las sociedades ancestrales la ubicamos en la base de la nueva civilización.
  2. Respetar al individuo como portador de su libertad que se convierte en libertad colectiva cuando el individuo  toma conciencia de los objetivos que la sociedad persigue. El colectivismo sólo es real cuando se anula, no al individuo, sino al individualismo. La libertad individual, que está en la base de las sociedades occidentales, tiene que ser respetada.
  3. Cambiar las bases gnoseológicas del conocimiento. El método cartesiano se ha vuelto obsoleto, tiene que ser sustituido por otro. Las nociones ancestrales del conocimiento integran la unidad, no la desintegran. Es un sistema de sistemas, en el que uno existe en función de otro y así sucesivamente hasta el infinito. Dañar uno, significa afectar el todo. Si el sistema educativo no prepara al ser en estas concepciones, no hay esperanza. La nueva civilización tiene que acercar al ser humano a la naturaleza. Los niños tienen que volver a recordar que la leche viene de la vaca y no de la funda.
  4. La civilización del Sumaw Kawsay debe sustentarse en la agricultura. Los bienes industriales, en última instancia, son prescindibles; los que nos da la tierra, no. La lucha por la seguridad alimentaria a nivel mundial se sustenta en esta premisa. La humanidad tiene que recuperar la memoria de que su esencia es la tierra, el agua, el viento y el fuego. Para un ciudadano de Nueva York, o de Hong Kong, será difícil aceptarlo, pero al fin, la realidad le impondrá esta verdad.
  5. La lucha más efectiva contra el capital es controlarlo desde el Estado, lo que no quiere decir eliminarlo. Si no es posible eliminar al individuo, tampoco es posible eliminar la iniciativa individual. El emprendimiento no puede desaparecer, pero debe dar para vivir. Dar calidad, bienes perdurables. La plusvalía de su producción debe tener un límite, cuyo estándar debe ser la dignidad humana, tanto para el capitalista, como para el trabajador, así como para la naturaleza y el medio ambiente
  6. Reducción de la plusvalía. La reducción de la plusvalía crea más oportunidades para todos los individuos, porque evita la mega concentración de la riqueza. Esto hace posible la reciprocidad ancestral, superando el error del socialismo del siglo XX de la igualdad absoluta entre los seres humanos y del antagonismo irreconciliable de las clases sociales. Hoy sí existen clases diferenciadas, como una muestra monstruosa de la inequidad. Debido a la concentración de la riqueza los seres humanos han perdido hasta la esperanza. El SKR estimula la superación individual porque el ser humano recupera la confianza en su esfuerzo. El trabajo deja de ser una esclavitud, pasa a ser la base de la libertad en el marco de una competencia creadora y estimulante.
  7. Un Estado popular que lleve adelante el SKR es necesario, pero para hacerlo tiene que estar en manos de quienes así piensan. En este nivel de desarrollo de la sociedad humana, sin ser la única,  la forma más adecuada de llegar al poder  es la participación política en el sistema vigente. Las concepciones del SKR, donde mejor se pueden concretar, son en una estructura partidaria. De su ideología surgirá su organicidad.
  8. Todos podremos participar de esta cruzada civilizatoria, menos los que defienden y representan el viejo capitalismo. El nuevo amanecer es obra de todos. La nave en que viajamos siete mil millones de seres humanos, más todas las especies animales y vegetales y todos los recursos naturales que tenemos para sobrevivir, no pueden seguir en manos de pequeñas minorías voraces a las que poco importa la suerte de las mayorías.
  9. Dar por superada la discusión al interior de la izquierda como requisito para avanzar en la lucha por una nueva civilización. La izquierda stalinista, en todas sus variantes, es un lastre que impide el avance. El SKR es otra izquierda, que comienza a construirse sin los vicios de la vieja.

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